
El mundo no te regala nada, créeme,
si quieres tener una vida, róbala.
Lou Andreas Salomé.
Y todo era silencio...
La tarde nos hablaba desde dentro,
los pájaros hilaban el norte de los líquenes,
recogían su propio aire fascinados,
y en él, dejaban su celeste vuelo
y se extinguían.
La tarde y su cojín de hojas secas, ciegamente,
nos cubrió al ligero azul, aún sin desvelar.
El estanque de ojos seniles, la turba, el monje,
la sombra de la vida,
amantes centenarios de rostros dolorosos,
culpables o inocentes en brazos de la muerte.
Los muros, el silencio.
Tu corazón emergiendo como un ángel.
Habían ardido los nenúfares silvestres,
las horas, la fiebre, vacías de piedras,
deshojadas en racimos de espejos.
Mi corazón nutrió el pequeño latido de los mirlos.
Entonces,
se alzaron las sombras por encima de los bosques,
y se llenaron de hebras dulces, extraños ríos,
que bajaban hasta el agua y mordían
el blanco corazón salado de los cisnes.
La soledad nos dibujó en las manos
una débil luz prohibida.
Caminamos sin pies hacia la fruta...
(Atrasa los relojes, el tiempo, la duda,
el mañana puede que no nos pertenezca).
Pero la noche abrió su muerte insomne,
nos buscó en los brazos venideros,
nos miró, triste, con su bozal de nieve,
con su nocturno mármol,
con su sonata negra abriéndonos las urnas.
Ella, como tú, va tiñendo de rojo mi cuello,
ocupa el lugar de mis manos,
el estupor de mi crepúsculo.
Ella, como yo, deja caer su luna seca
sobre el soplo de los náufragos.
¿Dónde ha quedado la siembra de las hojas?
Un humo denso sube en espiral hacia el pecho,
anhela otro ayer, un mañana de alabanzas.
Aún unida y dividida, dominando la sed que acude
perfumada en lenguas de alabrastro,
cierro mis profundos ojos
y dejo caer en el surco desnudo de la tierra
un diamante joven que germine bajo la lluvia.