sábado, abril 01, 2006

Chagall




Asistir a tu propio nacimiento, con una mano extendida hacia el cielo y la otra encerrada en una cápsula de lodo. Asistir al sacrifício de abrir los ojos y respirar en un pequeño surco sin otra concesión que la de ser un trozo de carne examinada y sin juicios.

Respirar es llenarse los pulmones de discursos para justificar barreras, disfrazar los alveólos con jerséis de angorina, empollar la sangre para que nazca el lugar donde poder morir sin hedor alguno.

Después de todo es acostumbrarse al ciclo, a la idea de ser
un pequeño microorganismo al servicio de los dioses.

Aquí tenéis el pequeño alfiler imantado que os dan los magos que mueven el mundo.

Prendeos de él. Utilizad su punta para cercenaros el lado del cerebro
donde anidan los pájaros. El beneficio será inmenso.

El beneficio será el orden de los minutos y la noche que acaba en una cama
grande y blanda. La permanencia del sol en las ventanas limpias.
La ciudad_hospicio que nos garantiza una limosna en la piel
cuando esta llega a su última arruga.

El beneficio será el orgullo de circular por el asfalto de una ciudad enferma
y arrojar los dientes al agua fría.

Envolver el alma con chispazos de celofán, afiliándose a los barrotes
que nos protegen del pensamiento único.

La espalda recta, los ojos sin desarrollo, la mirada corta, las manos en guardia, el cerebro de cartón frente a un escaparate donde se exhiben artículos de lujo para festejar la vida. Luego la disputa por la felicidad decorada en un huevo.

Nos sirven el corazón en moldes de plomo para aumentar la hemorragia que nos divide y organiza.

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