
En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lírio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos...
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.
Arthur Rimbaud.
¿Quién hay en el fondo del lago?
Ya no tirita Ofelia en su lecho de hojas.
Ya no distingue la luz de la muerte.
Ha quedado en silencio
con los ojos abiertos en su caja de agua.
En u cuello inclinado ya no habita la aurora,
ya no siente la voz de las fuentes,
ya no acumulan sus labios la llamada del ángel.
Sola, placenteramente ahogada,
sólo es visible en su cuerda de estaño.
Abrazada al viento lunar que devora su vientre,
arqueada en sus manos que han quedado sujetas
al exilio del aire.
Los jardines abren su sombra.
Un canto infantil regresa del bosque.
¿Dónde se enconden aquellos cipreses de agua
que azuleaban sus finos tobillos?
¿Dónde la cascada de lilas que perfumaban su leve cintura?
Ofelia ha elegido vestir de novicia,
ser el invierno de su inmóvil palabra,
oscilar en la bruma, como muerta
con su cara de pálido vino.
Atravesadas sus manos por raíces cariadas.
Ella en su cuerpo, olvidará que el sol ya no existe,
mirará el vuelo ligero de las nubes
y perdida en la espesura del lago,
hundirá sus cabellos, hasta el fondo,
en la vigilia del tiempo.
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