sábado, febrero 04, 2006



















El animal que anochece entre las alas de un mirlo,
en los oscuros jardines donde se apaga el viento.
La primavera, escalofrío, junto al muro en ruinas,
es un nocturno que palidece y hiela.

La iglesia rota la hoja dulce la sombra inquieta,
en el limpio silencio que en la roca se alza,
vacía el nido y en la frente, nubes infantiles esperan
a que la negra lluvia calle en el azul del tiempo.

En la ventana, el mundo, la muerte, la extraña boca,
la niña que canta en la madera, la llama que roba
dos manzanas, el corazón bajando la colina, el sudor
empapando el mortal brillo de las lámparas.

Tiembla el muerto enguantado en su toquilla, tiembla
en el grito de las flores biliosas, en el silencio
de las manos juntas, en los rostros azabaches de quienes
juegan en el pedregoso cementerio abandonado.

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