
Arca de cristal y barro.
Sobre el mediodía
una canción de cuna.
Al anochecer
un verdugo en el lecho.
Huye el pulso de la mano tras el corazón.
El fino cuello de los relojes se retira
al inmenso latido que se opone a la mano.
(Construirán un zumbido de piedras
destruyendo el vuelo de los ausentes).
Un solemne desacato al culto de los lirios,
un espacio de luz acribillada,
es todo lo que contiene el peso de la carne.
Esta es la casa donde anida el viento,
donde azulea el color del agua en las ventanas,
donde las manos aprenden de la piedra.
Duermevela de nombres en el orden de la noche
o en la sombra pura que nos alarga la memoria.
Adherida al mundo,
absuelvo sus ojos de la arena
para volverla ceniza en la fragilidad
de las corolas.
Apago la luz cuando cantan los pájaros
y el cráneo recupera su ceguera.
Una nota blanca en la penumbra,
desdibuja el grisaceo silencio del abismo,
viene del cielo profundo a iluminar el árbol,
pero en el suelo funde su luz la sombra fría.
¿Quién al rozar el trigo se lavará la piel?
¿Quién abrirá esta casa de huesos helados?
En cruz sobre la muerte del agua,
nada puede tocar el recuerdo de la flor,
ni el habito que curva el lila y verde de los difuntos.
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