
La mano,
Pavo Real, casi inmóvil.
La suave forma del busto
tallado por encima del tiempo.
La ondulación del blanco.
El encuentro nupcial frente a las hojas,
traslucidas como libélulas aguadas.
El juego ingrávido, la corona,
el soplo de los ojos, el agua negra,
incluso el diminuto arqueo de la espalda,
respira sobre la pluma dócil.
La mano,
desnuda en la colina, regresa,
al hermoso silencio de las horas.
Eternidad, sosiego.
Y la luz,
la luz erguida al otro lado
abre una semilla entera
y vienen a sujertar lo inacabado.
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