
INACABADO.
No deseo esta muerte de caballo hueco,
prefiero la muerte súbita en la ventana,
respirando por última vez la noche leve.
La vida entre estos muros,
es una enfermedad que no se cura,
viene con una soga al cuello.
La libertad en estas calles,
es sólo una mentira
que empieza a doler en el costado.
Por muerte digo ausencia,
de todo lo que no puedo aplastar
contra la mano. Mi rebeldía,
no es más que una hoja
que deja escapar un bosque entero.
Silencio, angustia y un despojo
de carne consagrada a las tinieblas.
Como la hiel mi vientre se oscurece
y nada queda ya más que la cólera.
Y estos recuerdos y estos gritos,
y el eclipse del mar en las pestañas,
y ese día de silencio frente a nadie,
y este disfraz que ha nadie duele.
Hubiera querido llamarme tumba,
tumba de rosas negras y locura,
no desear amor, casa o triunfo,
ser una gota de nada en este infierno.
Pero ya se han consumido los espejos,
mi voz y mi cuerpo han madurado,
han comprendido esta existencia,
malvada y cruel que aún me florece,
que aún nos hace vivir bajo la piedra.
Sin concesiones,
se destruirá esta casa, se quedarán
en ella otros muertos,
sentados al calor de su esqueleto,
como antes nosotros nos sentamos.
Leprosos nacidos de unos pechos
mutilados, que no supieron respirar
su aire, que comieron del plato
de los miedos, que oscurecieron su piel
y hasta los huesos, _acaso un poso
de sombras en el lecho_, ardieron
en el silencio desarmado.
No cambirá la vida su costumbre,
de hacernos duplicados, raquíticos,
deformes, acorralados ante el miedo,
temblando al contemplarse
en sus harapos.
Se inventarán hijos nuevos,
en cada rincón, en cada hueco,
diminutos hijos, blandos,
en cada azul escalofrío de pequeños
pechos, y construirán otra horca,
otros silencios, y volverán
a tener hambre y rutina,
como antes nosotros la tuvimos,
Todo brota de nuevo, todo huele
a fruta podrida, a carne muerta.
Si me detengo en este punto,
no encenderé más lámparas deformes,
ni construiré en el aire más cometas.
Quiero sentarme y descansar
de esta gran lucha, adormecerme
poco a poco en las cornisas,
a la espera del hilo que se rompa,
una noche, un día de amnesia
en el cerebro, ir resbalando
en su pendiente, hasta caer,
tan suavemente, que ni las losas
del suelo se levanten.
Y no pido perdón ni tengo excusas,
si acaso para dos gorriones y una ola,
generosa y dulce que me dio su tiempo.
Aquí os dejo con la vida,
viola de difuntos,
escarlatina en la pálida piel de un perro,
viaje al fondo del abismo.
Aquí os dejo con la vida,
idiotamente reunida en vuestros cuellos.