
Detrás de cada reja,
se oían los leves crujidos de los muebles,
la perfección de las cadenas,
la muerte que vive para morir,
fiel a su silencio,
entre las bocas abiertas y cansadas.
Los despintados ojos,
miraban con clemencia la humedad
y la penumbra.
Dos sombras, casi humanas,
maquillaban cuidadosamente de gris
la armadura obstinada en no ser
más que un espectro.
Y en la piel encanecida,
miles de alfileres desnudaban la carne
y todo volvía a repetirse...
las rejas,
los leves crujidos de los muebles,
la perfección de las cadenas,
la muerte que vive para morir,
fiel a su silencio.
5 comentarios:
Los muebles crujen y desprenden un agradable aroma. Aroma a vainilla, clavo de olor y chocolate.
Y tu, garciosamente, arrastras ese aire.
Me alegra comprobar que el espíritu continua.
Enhorabuena.
como siempre, estupendo el poema...qué inquietante fotografía
Por detrás de la reja... el mundo es diferente. Aunque podemos escuchar sus crujidos y su peso si atendemos.
Felicidades por tu poema, Lisola. Yo tambien colecciono ventanas.
Un saludín.
Me ha gustado el poema. Te dejo un beso.
Ni la misma princesa de Éboli hubiera descrito mejor sus sentimientos...
Un saludo
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