sábado, febrero 24, 2007

La escuela de la tarde ( Gerrit Dou)




Hoy quiero dar las gracias por todo lo aprendido.
He aprendido que una mano en el hombro no es más que un gesto.
Que no hay espacio más carnicero que aquel que destruyeel blanco pañuelo de una niña.

Que una mujer puede ser durante mucho tiempo la loca de la casa,
la razón del gesto y que puede llorar durante muchos años,
ingenuamente,el plomizo tamaño de unas manos y seguir esperando
durante otros tantos años a que esas manos se hagan tibias, fieles
y dejen de alimentar la angustia,
la falsedad, el cansancio.

Pero hay manos tuberculosas que nunca curan.

He aprendido de todos los que una vez santificaron mi cansancio,
poniendo el dudoso lastre de su propio teatro a mi disposición
y que vertieron con arrogante indiferencia
su universo de palabras altivas sobre las esquinas
de mis horas.

He aprendido que beber de manantiales prohibidos puede llevarte a ser
una mujer marcada y es indiferente que haya sido por justa venganza,
o por que el espejo te condujo a casas con ventanas azules
o por que el silencio y el tiempo miró tu piel
y en el frío eterno de la noche, quisiste saber
si aún tu cintura y tu alma existían.

Y me fue concedido el placer de gozar de otros ojos, de otras manos,
como una recién nacida que llora grave su alimento diario
y por ello, fui lapidada por hombres con idiomas distintos al mío.

He aprendido que no hay suficiente universo para esconder la memoria.
Que es mejor morir en una celda que vivir gobernada por las máscaras.

Que las palabras pueden asesinar la risa.
Que los espíritus nobles tienen la cara cubierta
con un velo de muerte.

He aprendido del domador de palabras que cree vencer a la montaña
y que sólo puede mancharla con su tinta y no comprende
que no hay forma de quitarse de las ropas este horrible olor
a matadero.

Y sin embargo, entre tanta resistencia y a pesar de todos, aún soy capaz
de abrir los ojos e iluminarlos al divisar la entrada lenta y fabulosa
de un tren de cercanías, haya en el extrarradio.

Y aún y hasta no sé qué tiempo y sin vosotros, soy capaz de llorar
sin descanso y sin vergüenza por mi vida y por las vuestras.
Por la visión descarnada de un niño muerto sobre una dura tabla de acero.
Por el violáceo amanecer de todos los días.

O por el miedo a volverme ciega.

miércoles, febrero 21, 2007


En la noche, desentarrando sombras,
turbias en el agua, rubias en los pies,
he regresado a ese lugar hermoso
al que nunca he de volver.
En la noche, he vuelto a cerrar el libro,
apurado el licor, trazado el último
dibujo, guardado la última semilla,
en una pequeña cajita de cedro.
Y he tirado la llave,
al cristalino fondo
del lago donde anida
la media luna,
o el tiempo que envejece junto a mí.

viernes, febrero 16, 2007

Jacek Yerka













    Hace tiempo que desnuda...


    desnuda y con las preguntas por debajo de la Roca...

    Junto a las escaleras,trato de separar la huella del nido
    de la hondura de los pájaros.


    Nos esperan las criaturas de nadie, las cenizas de todos,
    el manantial de los propósitos,
    el significado de una mancha verdosa
    en el fondo de la lengua
    pidiéndonos un rostro.

    Nos piden la palabra,
    acunados entre un muro de cristal
    y el suave descenso del tiempo entre los pastos.

    En fila, como minúsculas hormigas uniformadas,
    acercamos la sal a la piel, la piedra a la pobreza,
    para no vernos sumergidos en el pulso,
    en su costumbre de calor de carne en éxtasis.

    Nos han dejado a oscuras nada más nacer,
    nos han dejado en el error de ser el milagro de la vida,
    en el ostentoso triángulo de las cimas,
    en el rejuvenecimiento del futuro
    y en las manos el olor a dioses muertos
    confundidos con la tierra.

    ¿En qué ilusión nos condenan?

    Puede con nosotros este bullicio de oro
    que oprime los cartílagos y vacía
    las cuencas de los ojos.

    Puede la tumba que nos llora su cordillera de huesos,
    el licor amargo abrigando los labios.

    Nos llevan por la luz de las certezas
    y toda nuestra piel se volverá cemento
    y ya no habrá forma de volver a desclavar
    las antiguas raíces de la madera.

    Ahora es negro vuestro óvalo bajo mi blusa.


Gracias a Marce a Maria y dos veces gracias a Inma.

sábado, febrero 10, 2007

Paul Delvaux


Fósforo a fósforo en la oscuridad,
lágrima a lágrima en la polvareda.
Cesar Vallejo.
VII
Un movimiento brusco.
Se abre la espalda.
El tren,
reptil dificultoso y prudente
acomoda su corazón a mío
como un niño camino del sueño.
Una lámina diminuta y geométrica astilla el aire.
Flota el humo en el papel escrito,
abandonado de manera absurda en la mesilla de noche.

Llora su frente viscosa en mitad de un duelo
de sílabas almidonadas.
Si abro la ventana aún podría despertarme las garras
y los zarpazos de tu mirada aún podrían poner distancia
entre el viento y los despojos de esta noche de piedra.
Así que dejo que el viento se adueñe del limo que infecta mis párpados
y me quedo junto al derroche de la luz y su melena envanecida,
elevándose en la estrechez del vagón.
Ofrendo esta partida a las flores derrochadas.
A la oculta corteza de los árboles,
un día regados con sangre esclava.
A las estatuas que nunca amaron, cinceladas a golpe de odio.
A los mártires del dolor,
profundamente ahogados en el verdín viscoso de las fuentes.
A los hombres de palabra ligera y cuerpos inmortales.
Todo queda en esta tierra,
todo
menos los mirlos que habitan en mí,
y las manos
soltando lastre antes de que los escalones se rompan
definitivamente
como vidrio frágil.
Habéis perdido.
Es menester acomodarse para este largo trayecto,
repitiendo una y otra vez,
los relojes tal vez han descansado y yo por fin
advierta en esta noche
que el calvario está en el fondo de una gran tinaja oscura.
Voy hacia la luz,
lentamente.
Beso el blanco deslumbramiento de la luna.
Un silbido rojo afila los dientes de este tren
sin voluntad propia.
La noche tiembla en las traviesas.
Los últimos vagones se entregan a los túneles.
Vacilan.
Callan.
Mueren.

sábado, febrero 03, 2007

Nocturno con gatos (Paul Delvaux)


Creo tener alas, pero ellas no se ven.
Nichita Stanescu.
VI
No hay violetas más sucias que aquellas que nacen abrazadas
a la muerte y como alondras vestidas de falsos vientos
mueren a lo lejos aprisionadas en el estupor de una luz
agónica y sucia pegada a la espalda.
Ha llegado el momento.
La cantina nos cede su azul deshecho.
Nos venga de la oscuridad.
Un reino de triángulos lunares juega sobre las pequeñas cosas
almacenadas en el punto más alto de los arcos.
A qué salir de ellos.
A qué mirar la semilla sobre el surco que han dejado las hojas
en su atroz caída.
Estaremos perdiendo acaso en sentimientos. Estaremos
ganando espacios. Eliminando la voz mil veces sacrificada.
La oración de la campana recorre inalterable el orden establecido.
Sin emoción nada se distingue.
El más lejano de los muertos reaparece y nos contempla sin apenas
traicionar la lengua.
El discurso del tren flota como un círculo encerrado en lava.
mientras me abrocho uno a uno todos los silencios.
Es Octubre.
Los pesados mecanismos resuenan bajo una lluvia ligera
y su empeño en arañarlo todo,
va más lejos que nosotros.
Un pie en el estribo no concederá más tiempo del que nos otorga
una llave colgada del cuello
y sin embargo se adelantan,
sin que el otro pie lo acompañe.
_ Fueron siempre los pies como hermanos enfermos
cada cual sobrevive a su manera_
Subo los peldaños lentamente como subo a la vida desdentada.
El frío se ha instalado en la cintura
el cansancio en el hueso.
Recojo el corazón lleno de cirios,
eyaculando visagras con memoria de invierno.
Subo y cuento los minutos que llenan mi boca.

La vida sabe a verguenza y a fracaso.

domingo, enero 28, 2007

Paul Delvaux


Todos mis sueños han corrido como el agua.
Edith Sodergran.
V
Que el tiempo nos ama y ama también el recuerdo
y hasta muerde la desnudez del rayo cuando perfora la piel
y son negros los padres de todos los que glorifican la muerte
de los que duermen encastrados en las ocultas bóvedas futuras.
Que el sol es un derecho y también el orgullo de verlo con su crespón satánico
lamiendo el más puro silencio.
Que la tierra es un inmenso leño donde se devanan madejas de incertidumbre,
mundos sin horizonte, tan viejos como las viejas plañideras,
acostumbradas a la carroña.
Yo veo las luces que cortan el lomo de las horas
y el peligroso hastío del amor
acurrucado como un gato en las rodillas.
Todo ello evoco en los minutos previos al beso prohibido.
Esclavizada en esta dolorosa conquista de libertad
arrancada a golpe de sangre.
Es otoño y es la frente alborotando el sobrio duelo de las hojas.
Menudas.
Desesperadas.
Giratorias.
Así que preparad un bosque para matar mi cuello. Un sollozo de moscas
para exhalar futuro. Un rincón donde amontonar los huesos.
Un verdugo que no vacile al levantar su brazo y un viaje
hacia las fuentes de la infancia.
Preparad las máquinas. Dejad que chorreen humo,
con el mismo orgullo con el que yo ahora
desclavo el llanto.
Miro el ojo de una paloma a través de una página muerta.
Escucho el silencio de la horca.
Las manos se han vuelto infinitas vías al encuentro de la noche.
La madrugada es una ciénaga cortando las cabezas de los locos.
Y la noche
es una jaula infatigable llena de harapos y los pies
una cruz de sangre sobre los talones de los charcos.
Hoy todas las escaleras corren desesperadamente hacia las sienes,
con la promiscuidad de quien grita crímenes a las puertas de una cárcel.
La vieja maleta entre las piernas ríe su vacío de horas,
presta su ombligo plateado al cansancio de los muslos
y la espera y la huida se hacen juramentos interminables.
Puede que al pasar la muerte la despedida sea de cobre y nos nos vea
y no nos vea...
Tendremos que ajustar nuestros horarios.

sábado, enero 20, 2007

Leda (Paul Delvaux)



No será el miedo a la locura lo que nos obligue
a bajar las banderas de la imaginación.

André Bretón.


IV


Cuantas veces se puede pensar en el vuelo de los cisnes al cabo de una vida
sin sentirnos libres, sin conocer el dolor y su escolta de aguas cenicientas
sobrenadando en el cuerpo.

El peso de la mente nos limita y cuanto hay de luz en ella,
desaparece ante el primer fósforo de nostalgia temblando en los sentidos.

La ligereza de la sangre sobre la cabecera de la cama,
dilata la sensación de oscuridad.

Estoy pensando edades retorcidas en un mundo de grandes fiebres.
Estoy detrás de la carne que aún perdura en los finados párpados.

Estoy como la espuma de cabellos blancos,
deslizándose por este mar confuso,
lleno de abrojos,
evocando guerras y palabras grisáceas sorprendentemente largas
bajo los lagos hinchados de monedas.

A lo lejos,
se anuncian los ojos de los trenes,
silban su enorme rostro.

Una espesa cabeza irrumpe entre chirridos de angustia.

Los vagones chocan unos contra otros,
han decidido matar al tiempo, seguir vivos,
mientras las fachadas comen su abandono, su fiesta de sombras.

Dejo que el cielo camine despacio sobre mi espalda.

Por las manos se escapa el humo elegante y lento del tabaco,
también algún resto ciliar de un cementerio marino.

Con el tacto transparente,
construyo adormideras de hojas para que adelanten mi viaje.

Mas vino helado para la memoria.

Mas banderas para los ojos de los muertos.

Tengo cicatrices de un solo color y sin embargo sostengo el lápiz
y escribo firme sobre el lomo de este anochecer.

Estoy aquí,
dominando el miedo, la rabia, el desconsuelo,
la nostalgia, la negrura helada de las horas.

Mordisqueando el centro inevitable de la fuga

domingo, enero 14, 2007

Mujer en su cueva (Paul Delvaux)


En el esfuerzo de nacer está el final,
en la rabia de crecer se continua.

José Saramago.


III


Incansablemente visitaré hermosos templos de palabras litúrgicas y en la sombra izquierda,
la cansada envergadura de los plomos, abrirá a la nieve su festín de loco.

Hoy tocan los relojes su extensa marcha fúnebre.

El duelo discurre entre las vestiduras de los sacerdotes
y el blanco blasfemo de las lámparas caídas.

No espero nada y lo espero todo.

El viaje ha comenzado ya y arranca ocultas fuerzas a los pies atónitos.

Alguien desde el otro lado me dijo;

tira todas las flores de plástico que tengas almacenadas
y arde...

Arde en el ojo circular de las sombras.
En los trenes últimos,
aquellos que pasan cada siglo de puntillas sobre los hierros agudos y sus esquejes de dicha
y saben del concierto en la madera y del ritmo húmedo de los árboles.

Puede que hoy en la burbuja que retorna del pecho,
el humo se disipe y las palabras dejen de serlo
para volver a ser placer en los oídos.

Reparto mis alas entre los que ya aman mi tumba.

En ella encontraréis piedras y una nube perforando el núcleo de las borrascas
y molinos de estrellas limpiando la espuma de de mi última vida,
al menos hasta que inocentes astros bajen para purgar en liquen prostituido
por la sal y la escarcha.

Y entonces,
como un ciervo asustado por el diluvio criminal,
cubriré los ojos de mirra,
escoltada por el denso olor del pan cuando sofocado
nos lubrica el alma.

Se impone un silencio metálico.

Se impone el dolor para trazar firmemente la última letra
sobre la encendida turba de las pesadillas.

Crecerán los espejos maternos,
también el luto de este lecho.

domingo, enero 07, 2007

Paul Delvaux


La resistencia se organiza en todas las mentes puras.

Tristan Tzara.



II


En los ángulos de piedra las órbitas silbantes no han nacido aún,
yacen en el sillar del sol.
con las luces sagradas ovillando el interior del cielo.

En la estación,
los caminos de hierro duermen en su estela penitente.

Las manos talladas de hijos, de plumas rígidas,
de aceras esqueléticas,
se elevan en un gas tardío que emana a través del tiempo
y sus mejillas cubren la memoria.

Porque ya sin apenas voz, el tiempo,
sigue enguantando los himnos y la emoción anciana ya no canta
en los océanos que ahora han quedado en su viudez de niña prematura.

Miro hacia las puertas del mar
y el mar,
es un caracol negro estirando su cuerpo bajo las cerraduras de los puentes.

Miro el instante de calma que surge de la espuma de las farolas.

Un silencio casi artesanal se aloja en la penumbra de la sala.

En su penumbra se cobijan los que ya no existen,
me lloran y cubren de voces nuevas,
rellenan cada hueco de mi cuerpo de espejos trágicos,
de torturas abiertas que ejecutan mis ojos
y los hacen más negros y más tinta.

No puedo deshacerme en ellos...

Los sonidos llegan cabalgando en una sola gota de plata líquida.

El mundo dialoga con mis manos,
enciende las velas que me obligan a ser plegaria a las puertas
de este templo que habita por debajo de mis aguas.

Murmuran su litúrgica mansedumbre los farolillos rojos.

No puedo volver a las estatuas,
no puedo helarme en su frío de noche al descampado.

La oscuridad me salva de los ojos.

Estoy preparada...

Yo no sé, pero es dulcísima esta espera y amargo el telón que desciende
hacia la piel bordada de anillos ancestrales.

Dadme un solo instante para entrar en la severa penumbra
dadme un solo instante para empolvar mi cerebro
en donde minúsculos pájaros se descuelgan, elegantes y verdes.

Detrás de sus menudos picos duermen extraños laberintos de lana.

Yo deshojare sus plumas enmohecidas

hoy

que mis dedos forman velas de hollín.

Yo lavaré sus horas clavadas como mariposas en el azul de los puñales,
destilando montones de harapos en la sumisa luz
que desciende de las fuentes.



Agua de luna
sobre la copa de los árboles
guíame
hacia el vaporoso silencio
comulgado.

Al fragmento único
de los minutos
extraídos
de este cielo líquido
expulsado de las llamas.

jueves, enero 04, 2007

El esqueleto y su concha (Paul Delvaux)


¡Reloj! Dios siniestro, horroroso, impasible...

Charles Baudelaire.


I


Noche. Caballos vivos.

Así me he despertado
como fibra de luz en un país de agua
lanzando hacia la inmensidad raíces como grullas suicidas,
memorias que estallan hacia fuera.

Así,
con la noche puesta aún sobre los miembros verticales,
a la espera del grito que se adelante a la piel
diluida en el polvo de la noche.

Sin apenas fortaleza abandono esta casa de vientre yerto,
con el sonido de los grandes robles rebosando a la entrada de la boca,
con el tiempo en la yema de los dedos a punto de escaparse,
extendiendo el dolor embotado en los muros.

En este proceso blanco de cerrar la puerta,
ya no siento el ronco trillar de los sueños,

sólo

la matriz del silencio que como una esponja,
me absorbe hacia un hambriento destino.

Un diluvio de látigos y huesos se acerca a la corriente
masticada de las calles.

Me dispongo a devorarme...

esta casa ya no es mi aliada,
mi manera de amar se confunde con la desesperación de un mal trago de vino
que afila el deseo de amplitud, que busca el atajo,
que pudre el silencio y sustrae de la tierra su duelo de nombres.

Los perros bajo la tierra tienen grabada en la piel un reloj insolente.

Frente a la noche,
los más nobles propósitos se hacen enanos deformes.

Cesa el aire,
lo que queda es un salario de pobres, de viejos forcejeando contra la muerte.

El enemigo resbala, yace en el suelo, besa mi frente, ahoga mi grito,
evita mis ojos, evita la nieve.

Un exvoto en lo más alto del muro, mañana,

Ahora,
La forma de un labio depredador se anuncian en el alero del altavoz,
convirtiendo en gelatina la nieve musculosa.

Por el aire,
una gran bola de cartón espera el paso de mis pasos,
ciegos,
eclipsados,
como un libro de estrofas gastadas en el lenguaje de las mesas.

Soy más niña pero más vieja entre los edificios de los cuervos.

Soy el cáliz que un día bebió la voluntad para que nunca
me abandonasen los pulmones.

Yo guardo en ellos el caoba del último grito y el honor de la copa vacía,
abandonada como un cuento de niños en la guarida de la lengua.

Este lugar se precipita hacia el olvido.

La vida que amé evapora sus pieles
en secaderos de sal a merced del viento.

El sueño y mi cuerpo se acostumbran al destierro.

He modelado un río entre las hojas tempranas de la sed.

Un espasmo recorre esta largueza apoyada en el bastón crepuscular,
en él, los minutos arquitectos de la muerte,
devoran el espacio donde se hunden mis pechos.

¿Cuándo llegará la luz que nace perfumada?

Nada sabe el tiempo

sólo

ordenar el equipaje,
lamer el borde del ayer
nutrido por la quietud del barro.

lunes, enero 01, 2007



Entre las aguas del Palacio da Pena,
una palabra, el aire, un signo,
una silueta ajena a la tierra,
el purgatorio de los cisnes ligeros,
una mujer de espaldas y a oscuras
en su caja de resonancia.

sábado, diciembre 16, 2006

Gionvani Battista Piranesi (Carceri d'invenzione)



Te mueves bajo las torres,
silenciosamente,
con el juicio de quien oye cantar su ayer
en el primer frío blanco y riguroso.

Tu pie camina y duerme y fluctúa en el color azul
de los jardines,
donde las ratas vestidas con gasas negras,
convierten en ceniza las campanas que brotan
del fondo del fuego.

Las escaleras bailan en el estrecho abrazo de las piedras.

tú,
atas la piel al foso de los inocentes
y apuntalas las manos en la fina membrana de las cornisas.

Algo vuelve del fondo de los milagros.

Una pared puede envolverte en su adormidera.

Transparente y decidida tragas el largo estertor
de una misa de difuntos.

Sobre los puentes
atrapados por un fino laberinto de oscuridad
dejas que la máscara gotee su endeble semilla.

Al fondo,
el ligero anillo del reloj ha imcumplido el pacto,
tartamudea cuando saturado de rehenes
pierde el honor y se entrega.

miércoles, diciembre 06, 2006

Silencio.



El mundo no te regala nada, créeme,
si quieres tener una vida, róbala.

Lou Andreas Salomé.


Y todo era silencio...

La tarde nos hablaba desde dentro,
los pájaros hilaban el norte de los líquenes,
recogían su propio aire fascinados,
y en él, dejaban su celeste vuelo
y se extinguían.

La tarde y su cojín de hojas secas, ciegamente,
nos cubrió al ligero azul, aún sin desvelar.

El estanque de ojos seniles, la turba, el monje,
la sombra de la vida,
amantes centenarios de rostros dolorosos,
culpables o inocentes en brazos de la muerte.

Los muros, el silencio.

Tu corazón emergiendo como un ángel.

Habían ardido los nenúfares silvestres,
las horas, la fiebre, vacías de piedras,
deshojadas en racimos de espejos.

Mi corazón nutrió el pequeño latido de los mirlos.

Entonces,
se alzaron las sombras por encima de los bosques,
y se llenaron de hebras dulces, extraños ríos,
que bajaban hasta el agua y mordían
el blanco corazón salado de los cisnes.

La soledad nos dibujó en las manos
una débil luz prohibida.

Caminamos sin pies hacia la fruta...

(Atrasa los relojes, el tiempo, la duda,
el mañana puede que no nos pertenezca).

Pero la noche abrió su muerte insomne,
nos buscó en los brazos venideros,
nos miró, triste, con su bozal de nieve,
con su nocturno mármol,
con su sonata negra abriéndonos las urnas.

Ella, como tú, va tiñendo de rojo mi cuello,
ocupa el lugar de mis manos,
el estupor de mi crepúsculo.

Ella, como yo, deja caer su luna seca
sobre el soplo de los náufragos.

¿Dónde ha quedado la siembra de las hojas?

Un humo denso sube en espiral hacia el pecho,
anhela otro ayer, un mañana de alabanzas.

Aún unida y dividida, dominando la sed que acude
perfumada en lenguas de alabrastro,
cierro mis profundos ojos
y dejo caer en el surco desnudo de la tierra
un diamante joven que germine bajo la lluvia.

sábado, diciembre 02, 2006

Isabel Muñoz (Tribu Surma, Etiopía).



Un día el mundo se quedó en silencio;
los árboles, arriba, eran hondos y majestuosos,
y nosotros sentíamos bajo nuestra piel
el movimiento de la tierra.

Antonio Gamoneda.



Si supiera mantener ese orgullo,
Estirar el dolor y mirar a la herida,
con los ojos, con la sed y la plata,
con las manos liberando el latido.

Si supiera entregar como ella
el linaje fluvial puro y manso
que habita en su rostro tatuado
de miles y miles de árboles.

Ella guarda el olor a maderas,
la inocente silueta del viento,
el calor de la miel bajo el brazo,
la riqueza de un pájaro libre.

Si pudiera mantener ese orgullo...

sábado, noviembre 25, 2006

Ella



Como nocturnas aves. Largas anguilas blanquecinas
sobre el pecho resbalan. Una luciérnaga aparece
en su frente. Sus hojas llora un sauce
sobre ella y su pena silenciosa.

G. Heym.


Ella

vive

en el fondo del lago

visible sólo para la bruma

donde el aire es fácil

y la noche dulce.


Ella

y sus manos

y una orquesta de grillos

y un piano blanco de hojas.


Ella

se viste con pausa

se vuelve visión

vidriera en el agua.

Ophelie. (Auguste Préault)




En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lírio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos...
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.

Arthur Rimbaud.



¿Quién hay en el fondo del lago?

Ya no tirita Ofelia en su lecho de hojas.
Ya no distingue la luz de la muerte.

Ha quedado en silencio
con los ojos abiertos en su caja de agua.

En u cuello inclinado ya no habita la aurora,
ya no siente la voz de las fuentes,
ya no acumulan sus labios la llamada del ángel.

Sola, placenteramente ahogada,
sólo es visible en su cuerda de estaño.

Abrazada al viento lunar que devora su vientre,
arqueada en sus manos que han quedado sujetas
al exilio del aire.

Los jardines abren su sombra.

Un canto infantil regresa del bosque.

¿Dónde se enconden aquellos cipreses de agua
que azuleaban sus finos tobillos?

¿Dónde la cascada de lilas que perfumaban su leve cintura?

Ofelia ha elegido vestir de novicia,
ser el invierno de su inmóvil palabra,
oscilar en la bruma, como muerta
con su cara de pálido vino.

Atravesadas sus manos por raíces cariadas.

Ella en su cuerpo, olvidará que el sol ya no existe,
mirará el vuelo ligero de las nubes
y perdida en la espesura del lago,
hundirá sus cabellos, hasta el fondo,
en la vigilia del tiempo.

viernes, noviembre 03, 2006

La tempestad (Giorgione)




Bajo el orden nocturno el peso del estío
ha desnudado tus senos y ha desgastado
esta casa de persianas bajadas y rotas
que aún espera al hostil adversario.

Los boquetes en la piel dan cuenta
de la feroz batalla.

Un ladrón en la niebla y una venda en los ojos
y las sombras bajando en círculos de sal
sobre la flor y después, nada.

La noche se viste para mí, abre los párpados.

(Si supiera el instante en el que estallará la tormenta,
dividiría la luz en cristales de agua para alumbrar
el lado negro de las piedras).

Pero sin nombre,
sin la inmaculada presencia del ángel,
seré como un pájaro en su último vuelo
por el fondo de los lagos.

La noche se viste para mí, cierra los párpados.

En la distancia engendro un lenguaje de ave migratoria.

La noche, la imagen muda,
el armario que llora con su locura dentro,
la cama ridiculamente deshecha,
la pisada que espera ser...

el tiempo aumenta su voz a medianoche

Nadie sabe que aprendí a caminar en el agua.
nadie sabe que miro fijamente el humo de las velas,
nadie sabe en que espejo habito.

Nadie sabe que soy una manzana en el suelo

y olvido que he sido, soy

una niña de hospital con juguetes muertos
una niña con manos de árbol huérfano
una niña deteniendo el azul del día.

o una mujer ahorcada en la ventana.


miércoles, noviembre 01, 2006

Todos los Santos.



Oh hermana de la sombra,
nocturna cuanto más fuerte es la luz,
me sigues, muerte.

Giuseppe Ungaretti.



Tú, que paseas entre las piedras dulces,
y dulce tu figura entre los árboles ,
va inclinándose hacia la sombra de las hojas

como un ángel extraño y maldecido
por la quietud que la muerte ha dejado
sobre el precipitado silencio de las lápidas...

tú, que no respondes a las miradas
ni conoces el ruego de los lagos
cuando sin voluntad y amantes de la tierra

se ablandan en las manos y se quedan
en un extremo del tiempo, donde tú,
paseas, inválido, bajo el ropaje del viento.

Desnudo, en tu pobreza, separado
del diente y de la piel que te sujeta
buscarás al pobre que llevas dentro, pálido,

y pálido, sobre la noche eterna,
ocultarás el hueco de la herida
en el último roble apoyado contra el pecho.

sábado, septiembre 23, 2006

La joven leyendo (jean-Honoré Fragonard)





La mano,
Pavo Real, casi inmóvil.

La suave forma del busto
tallado por encima del tiempo.

La ondulación del blanco.
El encuentro nupcial frente a las hojas,
traslucidas como libélulas aguadas.

El juego ingrávido, la corona,
el soplo de los ojos, el agua negra,
incluso el diminuto arqueo de la espalda,
respira sobre la pluma dócil.

La mano,
desnuda en la colina, regresa,
al hermoso silencio de las horas.

Eternidad, sosiego.

Y la luz,
la luz erguida al otro lado
abre una semilla entera
y vienen a sujertar lo inacabado.

©

jueves, septiembre 14, 2006

Melancolia (Durero)


Me asomo a este ángel de melancolía,
de forma misteriosa
y apurando el dolor que entra en la sangre,
como un narcótico lento que calma
y enfurece a la vez el propio gesto.

Me confundo en sus ropajes grises.
me entrelazo en el meloso yunque de su frente.
me pierdo en el poder de sus robustos brazos.

Me asomo a la campana que se eleva
por encima de los dioses mortales,
por encima del éxtasis de su dulce corona,
por encima de su mágica rueda.

Me asomo y veo una orla de tiempo
carente de espíritus alegres,
de fuentecillas ligeras,
de cigarras narradoras

Me asomo a su blancura y es
como asomarse a la muerte de las flores
al ayuno del amor
al lánguido aliento de los peces.

(Encuentro una gota de sudor
encerrada en un círculo
y lo abro y tiene la fuerza del encuentro
la vehemencia de un ojo al borde del suicidio).

Apoyado en su lechosa melancolía,
deja volar los minutos, observa
el rugir incesante del mundo,
mientras yo confio en su realeza.


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