sábado, enero 20, 2007

Leda (Paul Delvaux)



No será el miedo a la locura lo que nos obligue
a bajar las banderas de la imaginación.

André Bretón.


IV


Cuantas veces se puede pensar en el vuelo de los cisnes al cabo de una vida
sin sentirnos libres, sin conocer el dolor y su escolta de aguas cenicientas
sobrenadando en el cuerpo.

El peso de la mente nos limita y cuanto hay de luz en ella,
desaparece ante el primer fósforo de nostalgia temblando en los sentidos.

La ligereza de la sangre sobre la cabecera de la cama,
dilata la sensación de oscuridad.

Estoy pensando edades retorcidas en un mundo de grandes fiebres.
Estoy detrás de la carne que aún perdura en los finados párpados.

Estoy como la espuma de cabellos blancos,
deslizándose por este mar confuso,
lleno de abrojos,
evocando guerras y palabras grisáceas sorprendentemente largas
bajo los lagos hinchados de monedas.

A lo lejos,
se anuncian los ojos de los trenes,
silban su enorme rostro.

Una espesa cabeza irrumpe entre chirridos de angustia.

Los vagones chocan unos contra otros,
han decidido matar al tiempo, seguir vivos,
mientras las fachadas comen su abandono, su fiesta de sombras.

Dejo que el cielo camine despacio sobre mi espalda.

Por las manos se escapa el humo elegante y lento del tabaco,
también algún resto ciliar de un cementerio marino.

Con el tacto transparente,
construyo adormideras de hojas para que adelanten mi viaje.

Mas vino helado para la memoria.

Mas banderas para los ojos de los muertos.

Tengo cicatrices de un solo color y sin embargo sostengo el lápiz
y escribo firme sobre el lomo de este anochecer.

Estoy aquí,
dominando el miedo, la rabia, el desconsuelo,
la nostalgia, la negrura helada de las horas.

Mordisqueando el centro inevitable de la fuga

domingo, enero 14, 2007

Mujer en su cueva (Paul Delvaux)


En el esfuerzo de nacer está el final,
en la rabia de crecer se continua.

José Saramago.


III


Incansablemente visitaré hermosos templos de palabras litúrgicas y en la sombra izquierda,
la cansada envergadura de los plomos, abrirá a la nieve su festín de loco.

Hoy tocan los relojes su extensa marcha fúnebre.

El duelo discurre entre las vestiduras de los sacerdotes
y el blanco blasfemo de las lámparas caídas.

No espero nada y lo espero todo.

El viaje ha comenzado ya y arranca ocultas fuerzas a los pies atónitos.

Alguien desde el otro lado me dijo;

tira todas las flores de plástico que tengas almacenadas
y arde...

Arde en el ojo circular de las sombras.
En los trenes últimos,
aquellos que pasan cada siglo de puntillas sobre los hierros agudos y sus esquejes de dicha
y saben del concierto en la madera y del ritmo húmedo de los árboles.

Puede que hoy en la burbuja que retorna del pecho,
el humo se disipe y las palabras dejen de serlo
para volver a ser placer en los oídos.

Reparto mis alas entre los que ya aman mi tumba.

En ella encontraréis piedras y una nube perforando el núcleo de las borrascas
y molinos de estrellas limpiando la espuma de de mi última vida,
al menos hasta que inocentes astros bajen para purgar en liquen prostituido
por la sal y la escarcha.

Y entonces,
como un ciervo asustado por el diluvio criminal,
cubriré los ojos de mirra,
escoltada por el denso olor del pan cuando sofocado
nos lubrica el alma.

Se impone un silencio metálico.

Se impone el dolor para trazar firmemente la última letra
sobre la encendida turba de las pesadillas.

Crecerán los espejos maternos,
también el luto de este lecho.

domingo, enero 07, 2007

Paul Delvaux


La resistencia se organiza en todas las mentes puras.

Tristan Tzara.



II


En los ángulos de piedra las órbitas silbantes no han nacido aún,
yacen en el sillar del sol.
con las luces sagradas ovillando el interior del cielo.

En la estación,
los caminos de hierro duermen en su estela penitente.

Las manos talladas de hijos, de plumas rígidas,
de aceras esqueléticas,
se elevan en un gas tardío que emana a través del tiempo
y sus mejillas cubren la memoria.

Porque ya sin apenas voz, el tiempo,
sigue enguantando los himnos y la emoción anciana ya no canta
en los océanos que ahora han quedado en su viudez de niña prematura.

Miro hacia las puertas del mar
y el mar,
es un caracol negro estirando su cuerpo bajo las cerraduras de los puentes.

Miro el instante de calma que surge de la espuma de las farolas.

Un silencio casi artesanal se aloja en la penumbra de la sala.

En su penumbra se cobijan los que ya no existen,
me lloran y cubren de voces nuevas,
rellenan cada hueco de mi cuerpo de espejos trágicos,
de torturas abiertas que ejecutan mis ojos
y los hacen más negros y más tinta.

No puedo deshacerme en ellos...

Los sonidos llegan cabalgando en una sola gota de plata líquida.

El mundo dialoga con mis manos,
enciende las velas que me obligan a ser plegaria a las puertas
de este templo que habita por debajo de mis aguas.

Murmuran su litúrgica mansedumbre los farolillos rojos.

No puedo volver a las estatuas,
no puedo helarme en su frío de noche al descampado.

La oscuridad me salva de los ojos.

Estoy preparada...

Yo no sé, pero es dulcísima esta espera y amargo el telón que desciende
hacia la piel bordada de anillos ancestrales.

Dadme un solo instante para entrar en la severa penumbra
dadme un solo instante para empolvar mi cerebro
en donde minúsculos pájaros se descuelgan, elegantes y verdes.

Detrás de sus menudos picos duermen extraños laberintos de lana.

Yo deshojare sus plumas enmohecidas

hoy

que mis dedos forman velas de hollín.

Yo lavaré sus horas clavadas como mariposas en el azul de los puñales,
destilando montones de harapos en la sumisa luz
que desciende de las fuentes.



Agua de luna
sobre la copa de los árboles
guíame
hacia el vaporoso silencio
comulgado.

Al fragmento único
de los minutos
extraídos
de este cielo líquido
expulsado de las llamas.

jueves, enero 04, 2007

El esqueleto y su concha (Paul Delvaux)


¡Reloj! Dios siniestro, horroroso, impasible...

Charles Baudelaire.


I


Noche. Caballos vivos.

Así me he despertado
como fibra de luz en un país de agua
lanzando hacia la inmensidad raíces como grullas suicidas,
memorias que estallan hacia fuera.

Así,
con la noche puesta aún sobre los miembros verticales,
a la espera del grito que se adelante a la piel
diluida en el polvo de la noche.

Sin apenas fortaleza abandono esta casa de vientre yerto,
con el sonido de los grandes robles rebosando a la entrada de la boca,
con el tiempo en la yema de los dedos a punto de escaparse,
extendiendo el dolor embotado en los muros.

En este proceso blanco de cerrar la puerta,
ya no siento el ronco trillar de los sueños,

sólo

la matriz del silencio que como una esponja,
me absorbe hacia un hambriento destino.

Un diluvio de látigos y huesos se acerca a la corriente
masticada de las calles.

Me dispongo a devorarme...

esta casa ya no es mi aliada,
mi manera de amar se confunde con la desesperación de un mal trago de vino
que afila el deseo de amplitud, que busca el atajo,
que pudre el silencio y sustrae de la tierra su duelo de nombres.

Los perros bajo la tierra tienen grabada en la piel un reloj insolente.

Frente a la noche,
los más nobles propósitos se hacen enanos deformes.

Cesa el aire,
lo que queda es un salario de pobres, de viejos forcejeando contra la muerte.

El enemigo resbala, yace en el suelo, besa mi frente, ahoga mi grito,
evita mis ojos, evita la nieve.

Un exvoto en lo más alto del muro, mañana,

Ahora,
La forma de un labio depredador se anuncian en el alero del altavoz,
convirtiendo en gelatina la nieve musculosa.

Por el aire,
una gran bola de cartón espera el paso de mis pasos,
ciegos,
eclipsados,
como un libro de estrofas gastadas en el lenguaje de las mesas.

Soy más niña pero más vieja entre los edificios de los cuervos.

Soy el cáliz que un día bebió la voluntad para que nunca
me abandonasen los pulmones.

Yo guardo en ellos el caoba del último grito y el honor de la copa vacía,
abandonada como un cuento de niños en la guarida de la lengua.

Este lugar se precipita hacia el olvido.

La vida que amé evapora sus pieles
en secaderos de sal a merced del viento.

El sueño y mi cuerpo se acostumbran al destierro.

He modelado un río entre las hojas tempranas de la sed.

Un espasmo recorre esta largueza apoyada en el bastón crepuscular,
en él, los minutos arquitectos de la muerte,
devoran el espacio donde se hunden mis pechos.

¿Cuándo llegará la luz que nace perfumada?

Nada sabe el tiempo

sólo

ordenar el equipaje,
lamer el borde del ayer
nutrido por la quietud del barro.

lunes, enero 01, 2007



Entre las aguas del Palacio da Pena,
una palabra, el aire, un signo,
una silueta ajena a la tierra,
el purgatorio de los cisnes ligeros,
una mujer de espaldas y a oscuras
en su caja de resonancia.

sábado, diciembre 16, 2006

Gionvani Battista Piranesi (Carceri d'invenzione)



Te mueves bajo las torres,
silenciosamente,
con el juicio de quien oye cantar su ayer
en el primer frío blanco y riguroso.

Tu pie camina y duerme y fluctúa en el color azul
de los jardines,
donde las ratas vestidas con gasas negras,
convierten en ceniza las campanas que brotan
del fondo del fuego.

Las escaleras bailan en el estrecho abrazo de las piedras.

tú,
atas la piel al foso de los inocentes
y apuntalas las manos en la fina membrana de las cornisas.

Algo vuelve del fondo de los milagros.

Una pared puede envolverte en su adormidera.

Transparente y decidida tragas el largo estertor
de una misa de difuntos.

Sobre los puentes
atrapados por un fino laberinto de oscuridad
dejas que la máscara gotee su endeble semilla.

Al fondo,
el ligero anillo del reloj ha imcumplido el pacto,
tartamudea cuando saturado de rehenes
pierde el honor y se entrega.

miércoles, diciembre 06, 2006

Silencio.



El mundo no te regala nada, créeme,
si quieres tener una vida, róbala.

Lou Andreas Salomé.


Y todo era silencio...

La tarde nos hablaba desde dentro,
los pájaros hilaban el norte de los líquenes,
recogían su propio aire fascinados,
y en él, dejaban su celeste vuelo
y se extinguían.

La tarde y su cojín de hojas secas, ciegamente,
nos cubrió al ligero azul, aún sin desvelar.

El estanque de ojos seniles, la turba, el monje,
la sombra de la vida,
amantes centenarios de rostros dolorosos,
culpables o inocentes en brazos de la muerte.

Los muros, el silencio.

Tu corazón emergiendo como un ángel.

Habían ardido los nenúfares silvestres,
las horas, la fiebre, vacías de piedras,
deshojadas en racimos de espejos.

Mi corazón nutrió el pequeño latido de los mirlos.

Entonces,
se alzaron las sombras por encima de los bosques,
y se llenaron de hebras dulces, extraños ríos,
que bajaban hasta el agua y mordían
el blanco corazón salado de los cisnes.

La soledad nos dibujó en las manos
una débil luz prohibida.

Caminamos sin pies hacia la fruta...

(Atrasa los relojes, el tiempo, la duda,
el mañana puede que no nos pertenezca).

Pero la noche abrió su muerte insomne,
nos buscó en los brazos venideros,
nos miró, triste, con su bozal de nieve,
con su nocturno mármol,
con su sonata negra abriéndonos las urnas.

Ella, como tú, va tiñendo de rojo mi cuello,
ocupa el lugar de mis manos,
el estupor de mi crepúsculo.

Ella, como yo, deja caer su luna seca
sobre el soplo de los náufragos.

¿Dónde ha quedado la siembra de las hojas?

Un humo denso sube en espiral hacia el pecho,
anhela otro ayer, un mañana de alabanzas.

Aún unida y dividida, dominando la sed que acude
perfumada en lenguas de alabrastro,
cierro mis profundos ojos
y dejo caer en el surco desnudo de la tierra
un diamante joven que germine bajo la lluvia.

sábado, diciembre 02, 2006

Isabel Muñoz (Tribu Surma, Etiopía).



Un día el mundo se quedó en silencio;
los árboles, arriba, eran hondos y majestuosos,
y nosotros sentíamos bajo nuestra piel
el movimiento de la tierra.

Antonio Gamoneda.



Si supiera mantener ese orgullo,
Estirar el dolor y mirar a la herida,
con los ojos, con la sed y la plata,
con las manos liberando el latido.

Si supiera entregar como ella
el linaje fluvial puro y manso
que habita en su rostro tatuado
de miles y miles de árboles.

Ella guarda el olor a maderas,
la inocente silueta del viento,
el calor de la miel bajo el brazo,
la riqueza de un pájaro libre.

Si pudiera mantener ese orgullo...

sábado, noviembre 25, 2006

Ella



Como nocturnas aves. Largas anguilas blanquecinas
sobre el pecho resbalan. Una luciérnaga aparece
en su frente. Sus hojas llora un sauce
sobre ella y su pena silenciosa.

G. Heym.


Ella

vive

en el fondo del lago

visible sólo para la bruma

donde el aire es fácil

y la noche dulce.


Ella

y sus manos

y una orquesta de grillos

y un piano blanco de hojas.


Ella

se viste con pausa

se vuelve visión

vidriera en el agua.

Ophelie. (Auguste Préault)




En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lírio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos...
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.

Arthur Rimbaud.



¿Quién hay en el fondo del lago?

Ya no tirita Ofelia en su lecho de hojas.
Ya no distingue la luz de la muerte.

Ha quedado en silencio
con los ojos abiertos en su caja de agua.

En u cuello inclinado ya no habita la aurora,
ya no siente la voz de las fuentes,
ya no acumulan sus labios la llamada del ángel.

Sola, placenteramente ahogada,
sólo es visible en su cuerda de estaño.

Abrazada al viento lunar que devora su vientre,
arqueada en sus manos que han quedado sujetas
al exilio del aire.

Los jardines abren su sombra.

Un canto infantil regresa del bosque.

¿Dónde se enconden aquellos cipreses de agua
que azuleaban sus finos tobillos?

¿Dónde la cascada de lilas que perfumaban su leve cintura?

Ofelia ha elegido vestir de novicia,
ser el invierno de su inmóvil palabra,
oscilar en la bruma, como muerta
con su cara de pálido vino.

Atravesadas sus manos por raíces cariadas.

Ella en su cuerpo, olvidará que el sol ya no existe,
mirará el vuelo ligero de las nubes
y perdida en la espesura del lago,
hundirá sus cabellos, hasta el fondo,
en la vigilia del tiempo.

viernes, noviembre 03, 2006

La tempestad (Giorgione)




Bajo el orden nocturno el peso del estío
ha desnudado tus senos y ha desgastado
esta casa de persianas bajadas y rotas
que aún espera al hostil adversario.

Los boquetes en la piel dan cuenta
de la feroz batalla.

Un ladrón en la niebla y una venda en los ojos
y las sombras bajando en círculos de sal
sobre la flor y después, nada.

La noche se viste para mí, abre los párpados.

(Si supiera el instante en el que estallará la tormenta,
dividiría la luz en cristales de agua para alumbrar
el lado negro de las piedras).

Pero sin nombre,
sin la inmaculada presencia del ángel,
seré como un pájaro en su último vuelo
por el fondo de los lagos.

La noche se viste para mí, cierra los párpados.

En la distancia engendro un lenguaje de ave migratoria.

La noche, la imagen muda,
el armario que llora con su locura dentro,
la cama ridiculamente deshecha,
la pisada que espera ser...

el tiempo aumenta su voz a medianoche

Nadie sabe que aprendí a caminar en el agua.
nadie sabe que miro fijamente el humo de las velas,
nadie sabe en que espejo habito.

Nadie sabe que soy una manzana en el suelo

y olvido que he sido, soy

una niña de hospital con juguetes muertos
una niña con manos de árbol huérfano
una niña deteniendo el azul del día.

o una mujer ahorcada en la ventana.


miércoles, noviembre 01, 2006

Todos los Santos.



Oh hermana de la sombra,
nocturna cuanto más fuerte es la luz,
me sigues, muerte.

Giuseppe Ungaretti.



Tú, que paseas entre las piedras dulces,
y dulce tu figura entre los árboles ,
va inclinándose hacia la sombra de las hojas

como un ángel extraño y maldecido
por la quietud que la muerte ha dejado
sobre el precipitado silencio de las lápidas...

tú, que no respondes a las miradas
ni conoces el ruego de los lagos
cuando sin voluntad y amantes de la tierra

se ablandan en las manos y se quedan
en un extremo del tiempo, donde tú,
paseas, inválido, bajo el ropaje del viento.

Desnudo, en tu pobreza, separado
del diente y de la piel que te sujeta
buscarás al pobre que llevas dentro, pálido,

y pálido, sobre la noche eterna,
ocultarás el hueco de la herida
en el último roble apoyado contra el pecho.

sábado, septiembre 23, 2006

La joven leyendo (jean-Honoré Fragonard)





La mano,
Pavo Real, casi inmóvil.

La suave forma del busto
tallado por encima del tiempo.

La ondulación del blanco.
El encuentro nupcial frente a las hojas,
traslucidas como libélulas aguadas.

El juego ingrávido, la corona,
el soplo de los ojos, el agua negra,
incluso el diminuto arqueo de la espalda,
respira sobre la pluma dócil.

La mano,
desnuda en la colina, regresa,
al hermoso silencio de las horas.

Eternidad, sosiego.

Y la luz,
la luz erguida al otro lado
abre una semilla entera
y vienen a sujertar lo inacabado.

©

jueves, septiembre 14, 2006

Melancolia (Durero)


Me asomo a este ángel de melancolía,
de forma misteriosa
y apurando el dolor que entra en la sangre,
como un narcótico lento que calma
y enfurece a la vez el propio gesto.

Me confundo en sus ropajes grises.
me entrelazo en el meloso yunque de su frente.
me pierdo en el poder de sus robustos brazos.

Me asomo a la campana que se eleva
por encima de los dioses mortales,
por encima del éxtasis de su dulce corona,
por encima de su mágica rueda.

Me asomo y veo una orla de tiempo
carente de espíritus alegres,
de fuentecillas ligeras,
de cigarras narradoras

Me asomo a su blancura y es
como asomarse a la muerte de las flores
al ayuno del amor
al lánguido aliento de los peces.

(Encuentro una gota de sudor
encerrada en un círculo
y lo abro y tiene la fuerza del encuentro
la vehemencia de un ojo al borde del suicidio).

Apoyado en su lechosa melancolía,
deja volar los minutos, observa
el rugir incesante del mundo,
mientras yo confio en su realeza.


©

viernes, agosto 18, 2006

Resurrección en el río




Un nuevo corazón abre el misterio y muere

Una cuerda se ahoga en los cristales

La mitad del cielo aún no se ha extinguido

Los pies se amontonan entre la cuna y las alas

Y el dolor vuelve.



Una cruz

y un camino

al lado de las aguas

aún sin desvelar

al ligero blanco.



Todas las horas acabarán durmiendo

Todas las señales se han encendido

Todos los ruidos cubrirán la tierra.



Nacer sobre el viento

Devolver la lluvia a la voz

Que calla

Que cae

Hacia el espejo que oculta su respuesta.

©

domingo, julio 30, 2006

Doble retrato con copa de vino.



Sírveme el vino dulce de las tinieblas.

Es Noviembre y mi nombre es una esponja
en la boca del mundo.

Sírveme un cesto pequeño de cerezas
recogidas del árbol de las corzas.

Es Noviembre y hay que dejar que el agua
salte por el hueco de las piedras.

Es Noviembre y la memoria asoma
y se agita en la memoria de las algas.

©

domingo, julio 23, 2006

A Charles Chaplin




Te conozco tiempo devorador de palomas.

Tiempo.

Loba enferma
cachorro violento que desgarra la luz
violador de madres e hijas
amigo de la sed y de la duda.

Tiempo.

Mugido en el temblor de la noche
extremidad separada del cuerpo
palabra magnificada por los hombres.

Tiempo.

Gancho en el dedo índice de los rufianes
que lentamente convierte en cenizas
a los bueyes dormidos.

Tiempo.

Cuerpo sin libertad
animal frente al espejo
vergüenza de los esclavos

Botín de dioses.
Soga en el cuello.

Cadáver sin ungir.

©

sábado, julio 15, 2006

Claro de Luna



Me he detenido.

En la voz interior de la piedra,
en la piedra escrita en la mano,
en la edad que se teje y desteje en mi voz.

Con el tiempo acunando el acero,
con el rostro de nadie,

me he detenido.

En los despojos que salen de aquellos
que enfangan el agua
con la náusea callada y tan lejos
del aire...

me he detenido.

Y he mirado por encima del muro
la palabra escupida en la tierra

y luego y luego...

Cansada de abrocharme las mañanas
cansada de esta habitación oscura
cansada de esta hiel seca que cabecea
en la sangre, llena de sed, llena
de otros, dentro de mí, decapitada.

Vacía de todo,
con la savia muerta entre los brazos
he bajado los párpados a la sombra
y asida al filo de la navaja...

dispongo los nombres, la esperanza,
el sudor viscoso de la vida,
el final del beso, el vaho monstruoso
del amor y de su máscara deforme.

Sin cuerpo, sin texto.

Cansada de la ceremonia íntima y sagrada
de ser locura ártica que vivirá de la nieve.

©



sábado, julio 08, 2006

La casa gris



Esta noche
el incansable fondo
del armario
gime
con su cansada orquesta
de gritos centenarios.

Busca
el silencio primitivo
el baile desnudo
de la voz
en la madera.

La sed de la lluvia
en el espejo.

Formas que se unen.

Expiración de sombras
en fuga

hacia la cicatriz
de los desvanes

hacia el final piadoso
de la luz.

©

domingo, julio 02, 2006

La casa del abuelo.



Arca de cristal y barro.

Sobre el mediodía
una canción de cuna.
Al anochecer
un verdugo en el lecho.



Huye el pulso de la mano tras el corazón.
El fino cuello de los relojes se retira
al inmenso latido que se opone a la mano.

(Construirán un zumbido de piedras
destruyendo el vuelo de los ausentes).

Un solemne desacato al culto de los lirios,
un espacio de luz acribillada,
es todo lo que contiene el peso de la carne.

Esta es la casa donde anida el viento,
donde azulea el color del agua en las ventanas,
donde las manos aprenden de la piedra.

Duermevela de nombres en el orden de la noche
o en la sombra pura que nos alarga la memoria.

Adherida al mundo,
absuelvo sus ojos de la arena
para volverla ceniza en la fragilidad
de las corolas.

Apago la luz cuando cantan los pájaros
y el cráneo recupera su ceguera.

Una nota blanca en la penumbra,
desdibuja el grisaceo silencio del abismo,
viene del cielo profundo a iluminar el árbol,
pero en el suelo funde su luz la sombra fría.

¿Quién al rozar el trigo se lavará la piel?

¿Quién abrirá esta casa de huesos helados?

En cruz sobre la muerte del agua,
nada puede tocar el recuerdo de la flor,
ni el habito que curva el lila y verde de los difuntos.

©