
Hay en los ojos una intimidad, una sublime línea
que se esconde de pronto.
Estoy sola delante de los ojos y un viento tibio y delgado
se acerca al borde de los párpados.
Donde no late más que el corazón nace una cuna de agua.
Estoy sola, llena de violines y un temblor pequeño habla en el incienso
que mis manos queman.
Tengo un solo cuerpo un hilo de vida un siglo de memoria
la necesidad de vestirme de silencio.
También hoy la madrugada buscará sus alas de inacabados peces
golpeando el alegre empedrado de las calles.
Tengo la prisa de las rojas casullas condenadas a no alcanzar el equilibrio.
Si hablamos de verdades, diré que miente la cegadora mañana.
Las horas componen una música de dulzura grotesca.
He quedado en el agua de todos los momentos pasados
en la encerada cabeza de un futuro inexistente
en la mesa de arcilla que apenas me recuerda.
Ya conocéis mis manos
son de musgo verde sobre los tejados o remota condena en los espejos.
No llegue al final del grito y el pan se me negó en pleno vuelo.
Si miro las calles como las mira un niño dulce seré un hermoso juguete
que sostiene la lluvia.
Concluir en una celda donde nadie baila
es otra manera de ver la luz.
El último hombre puebla su negro ovillo.
El último hombre en el momento del sueño ha traicionado el encuentro.
Los ojos múltiples se separan.
Hay una intimidad, una sublime línea que se abre de pronto, sin resistencia,
desnuda en el centro de la piedra
© Lisola
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