viernes, diciembre 09, 2005


¿Quién nos cubrió las horas?

Sólos, con el ángulo del sueño
en lo más hondo de los párpados.

Dos troncos en mitad de la noche
contemplando sus dedos tristes.

Dos que danzan en el busto azul del día
como danza el excremento hecho
de pequeños símbolos.











Mientras, la noche, ha pisado su nudo
y el labio nace a la sombra
de todos los sueños incompletos.

El lugar se acaricia como se acarician las ventanas
que han quedado en su enigma.
Como se acaricia la luz que perdió su permanencia.

Mi memoria se abre
con la caducidad de la mente de un niño
a punto de saltar en el polvo.

¿Dónde quedó el olor de la madera, el cuero salvaje de las horas,
el puente que nos separa de la ira?

Sueño y dejo de ser una estatua de yeso.
Escribo y dejo de ser una desconocida víctima.

Si escribo sobre el altar que cubre mis ojos,
maquillados de puta enferma, incrédula,
sin cama limpia, sin cinismo.

Si escribo, no pondré flores mientras pierdo los pies,
ni miraré las manos descomponiéndose, ni cerraré los ojos
mientras me matan.

Sílabas desmontadas en el cráneo.

Asomo como un pez encerrado en un sucio puerto.

La mesa bebe y calla,
se come la frente,
desnuda el blanco,
anochece en la mano.

Mi piel sigue fría
como el púbis de un cadáver
como el peso del tiempo donde comen los otros
sus aleluyas.

La locura, festín en las venas.
Nosotros, festejando el desconcierto.

Y ese yo parecido a un oboe sobre un montón de algas.

La respuesta nunca cicatriza.

Toda vuestra verdad para justificar la tortura.

Una anónima escalera vendimia el llanto.

Así lo exige el silencio.






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