
No será el miedo a la locura lo que nos obligue
a bajar las banderas de la imaginación.
André Bretón.
IV
Cuantas veces se puede pensar en el vuelo de los cisnes al cabo de una vida
sin sentirnos libres, sin conocer el dolor y su escolta de aguas cenicientas
sobrenadando en el cuerpo.
El peso de la mente nos limita y cuanto hay de luz en ella,
desaparece ante el primer fósforo de nostalgia temblando en los sentidos.
La ligereza de la sangre sobre la cabecera de la cama,
dilata la sensación de oscuridad.
Estoy pensando edades retorcidas en un mundo de grandes fiebres.
Estoy detrás de la carne que aún perdura en los finados párpados.
Estoy como la espuma de cabellos blancos,
deslizándose por este mar confuso,
lleno de abrojos,
evocando guerras y palabras grisáceas sorprendentemente largas
bajo los lagos hinchados de monedas.
A lo lejos,
se anuncian los ojos de los trenes,
silban su enorme rostro.
Una espesa cabeza irrumpe entre chirridos de angustia.
Los vagones chocan unos contra otros,
han decidido matar al tiempo, seguir vivos,
mientras las fachadas comen su abandono, su fiesta de sombras.
Dejo que el cielo camine despacio sobre mi espalda.
Por las manos se escapa el humo elegante y lento del tabaco,
también algún resto ciliar de un cementerio marino.
Con el tacto transparente,
construyo adormideras de hojas para que adelanten mi viaje.
Mas vino helado para la memoria.
Mas banderas para los ojos de los muertos.
Tengo cicatrices de un solo color y sin embargo sostengo el lápiz
y escribo firme sobre el lomo de este anochecer.
Estoy aquí,
dominando el miedo, la rabia, el desconsuelo,
la nostalgia, la negrura helada de las horas.
Mordisqueando el centro inevitable de la fuga
4 comentarios:
MUy buen poema, lisola amiga,mucho
Un placer leerte, como siempre
El lápiz firme, sí, que a veces salva. Gracias otra vez
Agua con varias rodajas de limón y pedazos de hielo. Una luz tostada con jengibre. El murmullo neutro de los canalones, la madera distendiéndose. Una pausa que no cesa.
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