
¡Reloj! Dios siniestro, horroroso, impasible...
Charles Baudelaire.
I
Noche. Caballos vivos.
Así me he despertado
como fibra de luz en un país de agua
lanzando hacia la inmensidad raíces como grullas suicidas,
memorias que estallan hacia fuera.
Así,
con la noche puesta aún sobre los miembros verticales,
a la espera del grito que se adelante a la piel
diluida en el polvo de la noche.
Sin apenas fortaleza abandono esta casa de vientre yerto,
con el sonido de los grandes robles rebosando a la entrada de la boca,
con el tiempo en la yema de los dedos a punto de escaparse,
extendiendo el dolor embotado en los muros.
En este proceso blanco de cerrar la puerta,
ya no siento el ronco trillar de los sueños,
sólo
la matriz del silencio que como una esponja,
me absorbe hacia un hambriento destino.
Un diluvio de látigos y huesos se acerca a la corriente
masticada de las calles.
Me dispongo a devorarme...
esta casa ya no es mi aliada,
mi manera de amar se confunde con la desesperación de un mal trago de vino
que afila el deseo de amplitud, que busca el atajo,
que pudre el silencio y sustrae de la tierra su duelo de nombres.
Los perros bajo la tierra tienen grabada en la piel un reloj insolente.
Frente a la noche,
los más nobles propósitos se hacen enanos deformes.
Cesa el aire,
lo que queda es un salario de pobres, de viejos forcejeando contra la muerte.
El enemigo resbala, yace en el suelo, besa mi frente, ahoga mi grito,
evita mis ojos, evita la nieve.
Un exvoto en lo más alto del muro, mañana,
Ahora,
La forma de un labio depredador se anuncian en el alero del altavoz,
convirtiendo en gelatina la nieve musculosa.
Por el aire,
una gran bola de cartón espera el paso de mis pasos,
ciegos,
eclipsados,
como un libro de estrofas gastadas en el lenguaje de las mesas.
Soy más niña pero más vieja entre los edificios de los cuervos.
Soy el cáliz que un día bebió la voluntad para que nunca
me abandonasen los pulmones.
Yo guardo en ellos el caoba del último grito y el honor de la copa vacía,
abandonada como un cuento de niños en la guarida de la lengua.
Este lugar se precipita hacia el olvido.
La vida que amé evapora sus pieles
en secaderos de sal a merced del viento.
El sueño y mi cuerpo se acostumbran al destierro.
He modelado un río entre las hojas tempranas de la sed.
Un espasmo recorre esta largueza apoyada en el bastón crepuscular,
en él, los minutos arquitectos de la muerte,
devoran el espacio donde se hunden mis pechos.
¿Cuándo llegará la luz que nace perfumada?
Nada sabe el tiempo
sólo
ordenar el equipaje,
lamer el borde del ayer
nutrido por la quietud del barro.
1 comentario:
La más bella y la más elaborada. Imagen fantástica. Sorprendente tu sensibilidad.
Estoy a tus pies...pídeme lo que quieras.
Fabulosa concatenación. Catasterismo.
Enciclopedia.
Libro antiguo.
Moho.
Caja de "farfalle" dieciochesca.
Huele a Francesco Colonna, a Samos, a ruina visionaria.
¡La mejor!
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