
A la orilla del agua, la piedra,
es una mano que reclama
su adelgazada sombra.
Un pensamiento blanco
trepa hasta el junco sometido.
Y la luz, densa, junto a nosotros,
abre el ojo del pájaro.
También la herida de febrero
puebla el pie azul de la barca.
Reza la córnea en una leche tibia.
Volveremos a ser inalcanzables.
© Lisola
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