

Estoy llamando a las puertas del infierno.
No queda más que arrancar dos rosas al centro de la tierra
y descender con las palmas de las manos desteñidas.
Un centímetro por encima del amor y del suicidio
un centímetro para deshabitar los guantes y calzarse
de un movimiento ligero.
Una mueca, tan sólo una y el cielo se abrirá
arrastrando inmensas ruedas de agua sin milagros.
Allí podré ser culpable sin juicios
desperdicio de sombra
desbandada de pasiones sin drama alguno
prolongación en el negro hermoso de un mirlo.
Un león sin territorio por cada árbol que el sol incinere.
Huele a mármol virgen, a leche de ciudad santa
a cerebro de mosca intrusa detenida en el tiempo.
Anillos
ceniza.
El evangelio de la luz cargado de dudas.
He firmado el último sueño
desamparada
como una corriente de medusas
como un silencio sin madre
como un intruso perforando los bolsillos.
Un hilo descendente me aloja en el círculo.
© Lisola
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