Porque sé que esta es mi cara y mi vozy siento la saliva más terrible
acudo al viento
al agua
al fuego
para que la tierra purifique mi memoria.
Me acuna el tiempo bendito apoyado en las piedras
los símbolos que hibernan en las sombras
el asilo blanco y generoso de un poema inoportuno.
Soy así,
y nunca sé cerrar la noche ni el pulso
cuando en la estación de las amapolas me arrojo
a las calles donde nunca amanece.
Porque tiemblo y sé que el hombre es ceniza de hombre
voy nadando entre dos oscuridades
la que me habita en lo vivo
la que transpira en mi límite.
¿Si pudiera abandonarme a una sola exhalación?
Para la sangre en los labios no hay lógica.
Para los dedos abiertos, el lugar, el sentido,
es una mancha de lava endureciendo la nube,
una luz ramificada en el agua cuando nace
de manera súbita
sobre los ángeles caídos.
© lisola






